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CARLOS TEVEZ
BARRILETE COSMICO
Luego de una temporada excepcional en Corinthians, Brasil se rindió a los pies de Carlitos. La tevezmanía gobierna San Pablo, enloqueciéndola como la Nápoles de Maradona.
El sol del mediodia clava su aguijón impiadoso. Treinta y pico de grados, humedad pegajosa, sensación insoportable. Una multitud efervescente espera estampada en el alambrado olímpico del Pacaembú, la boca en un rectángulo, la nariz en otro, los ojos escapando por dos más, el cuadriculado explotándoles la piel. Hay de todo: niños del jardín de infantes, damas esculpidas por Botero, adolescentes que huyeron del colegio, garotas infartantes, señores de aspecto ejecutivo, pordioseros a mucha honra, atorrantes de pura cepa…
Pueden ser ochocientos, tal vez mil. Flamean banderas, revolean camisetas, se hermanan en un grito, lo transforman en alarido… Algo muy parecido al misterioso delirio que motoriza a las masas segundos antes de la salida de su equipo. Pero no.
Este mediodía de noviembre no hay partido del Corinthians en el Pacaembú. Apenas un entrenamiento liviano, light, de cotillón. Pero está un muchachito morrudo, retacón, de sonrisa relajada y peinado hipnotizante. Un chico que, de repente, gira sobre sus talones, avanza hacia el alambre y los hace entrar en erupción.
Durante la media hora siguiente, Carlitos Tevez recorre toda la cabecera, de un córner al otro. Firma camisetas, remeras, gorros, pósters, torsos desnudos, vinchas, mejillas, pantorrillas… “De acá –dice Ademir, eufórico con el autógrafo en su bíceps– me voy derecho a lo del tatuador, quiero tener su firma para toda la vida.”
De un lado del alambre, los torcedores se apiñan desafiando las leyes de la física. En una misma línea vertical, se ven seis cabezas; una a la altura de las rodillas, la última a más de dos metros.
¿Cómo mantendrán el equilibrio? ¿Los tendrá alguien desde atrás? ¿Serán alumnos avanzados de los Acróbatas Chinos? Del otro lado del alambre, Carlitos firma a full y camina como pisando huevos. No es para menos: a sus pies repta media docena de fotógrafos, la espalda contra el piso, las remeras raspándose hasta deshilacharse, las contorsiones al nivel de Michael Jackson en sus mejores videos.
La escena detona una mixtura de asombro y orgullo. Hace cosquillas en la piel. Emociona. Por simple y por contundente: es un argentino conquistando el corazón de Brasil. Seduciendo hasta el enamoramiento.
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